Hace unos días volví a encontrarme con un video antiguo de Adrià Solà sobre cómo salir de la zona de confort. Entre las diferentes ideas que compartía hubo una que se me quedó especialmente dando vueltas: no necesitamos esperar a que aparezca una gran experiencia para exponernos a la incomodidad. Podemos entrenarla a través de pequeñas decisiones en nuestro día a día.
A partir de ahí empecé a pensar en cómo esa idea se ha manifestado en mi propia vida. El tenis, viajar solo, mudarme a otros países, grabar videos, hablar en público, liderar grupos o simplemente iniciar conversaciones con personas que no conozco han sido situaciones que, en diferentes momentos, me han obligado a desenvolverme fuera de aquello que me resultaba familiar. Algunas fueron grandes decisiones; otras, acciones aparentemente insignificantes.
Lo curioso es que muchas de esas cosas que alguna vez me parecieron extraordinariamente incómodas hoy forman parte de mi vida normal. No necesariamente porque toda la incomodidad haya desaparecido, sino porque acumulé suficientes experiencias y repeticiones como para dejar de percibirlas de la misma manera. Y eso me llevó a una interpretación ligeramente diferente de la famosa idea de “salir de la zona de confort”: quizá el objetivo no sea simplemente salir de ella, sino ampliarla.
Las grandes experiencias pueden cambiarte, pero no puedes depender de ellas
Cuando pensamos en salir de nuestra zona de confort solemos imaginar grandes decisiones: viajar solo, mudarnos a otro país, cambiar de trabajo, empezar un negocio o subirnos por primera vez a un escenario. Son experiencias poderosas precisamente porque eliminan muchas de nuestras vías de escape habituales y nos obligan a encontrar nuevas soluciones. De repente estamos en un entorno que no controlamos completamente y tenemos que aprender a desenvolvernos dentro de él.
Yo mismo lo he experimentado varias veces. Salir de Ecuador para estudiar en Estados Unidos me colocó en un entorno completamente diferente. Años después, construir una vida en Alemania volvió a obligarme a desenvolverme en otro idioma, otra cultura y un sistema que muchas veces desconocía. El tenis hizo algo parecido desde mucho antes: competir, enfrentar jugadores mejores que yo, viajar y aprender a gestionar situaciones de presión que no siempre podía controlar.
Viajar es probablemente uno de los mejores ejemplos. Cuando llegas a un lugar donde no conoces las calles, quizá no dominas el idioma y no tienes inmediatamente a las personas o recursos a los que normalmente recurrirías, tienes que adaptarte. No puedes simplemente apagar la experiencia cuando empieza a resultar incómoda; necesitas observar, preguntar, equivocarte, encontrar soluciones y seguir avanzando.
Pero existe un problema si dependemos únicamente de este tipo de experiencias para crecer. Viajar cuesta dinero y tiempo, mudarte de país requiere unas circunstancias determinadas y no todo el mundo tiene acceso a esas posibilidades. Si entrenar nuestra capacidad para enfrentarnos a la incomodidad dependiera constantemente de vivir experiencias extraordinarias, estaríamos convirtiendo el crecimiento en algo caro y difícil de sostener.
Además, ocurre algo curioso con quienes sí tenemos la oportunidad de viajar o vivir fuera: también nos acostumbramos. Aquello que inicialmente parecía una aventura enorme empieza a resultarnos familiar. Lo que antes generaba incertidumbre termina formando parte de nuestra rutina. Nuestra zona de confort no desapareció; simplemente se hizo más grande.
La incomodidad también puede entrenarse todos los días
Si no podemos depender constantemente de experiencias extraordinarias, la siguiente pregunta resulta mucho más interesante: ¿podemos entrenar esa capacidad mediante pequeñas acciones cotidianas? Creo que sí, y probablemente tengamos muchas más oportunidades de hacerlo durante un día normal de las que imaginamos.
Puede ser entrenar cuando preferiríamos quedarnos en casa, hacer una repetición más, terminar una tarea cuando estamos cansados, escribir ese párrafo que llevamos posponiendo, grabar un video aunque no nos sintamos preparados, ir solos a un evento, hacer seguimiento a alguien o iniciar una conversación cuando sería mucho más cómodo permanecer en silencio. Ninguna de estas acciones parece particularmente heroica y probablemente nadie vaya a felicitarnos después de hacerlas, pero todas nos obligan a atravesar una pequeña resistencia.
Durante esos segundos o minutos estamos decidiendo que la comodidad inmediata no va a determinar automáticamente nuestro comportamiento. Y aquí aparece una de las ideas del video de Adrià que más me hizo reflexionar: muchas veces salir de nuestra zona de confort se reduce a sacrificar una pequeña satisfacción o comodidad presente a cambio de algo que valoramos más a largo plazo.
Decir que no a un plan porque tienes una prioridad más importante, entrenar aunque hoy no tengas demasiadas ganas, hacer una repetición más cuando tu primera reacción sería parar, escribir un párrafo más cuando preferirías cerrar el computador o iniciar esa conversación que llevas evitando son decisiones pequeñas. Pero todas entrenan una capacidad que considero fundamental para cualquier persona que quiera construir algo: actuar en función de aquello que quiere conseguir y no únicamente de aquello que le apetece hacer en ese momento.
La unidad mínima de incomodidad
Para mí, esta idea se parece muchísimo al entrenamiento deportivo. Un atleta no mejora porque realiza una sesión extraordinaria una vez cada tres meses. Mejora porque acumula cientos o miles de repeticiones que, individualmente, parecen tener muy poca importancia. Con la incomodidad puede ocurrir exactamente lo mismo.
Podemos pensar en algo parecido a una unidad mínima de incomodidad: una acción suficientemente pequeña como para poder hacerla hoy, pero suficientemente incómoda como para obligarnos a atravesar cierta resistencia. Una conversación puede ser una repetición. Un follow-up puede ser otra. Publicar un video, hacer una pregunta en una reunión, ir solo a un evento, presentar una oferta, terminar una tarea que estamos evitando o simplemente empezar aquello que llevamos toda la mañana posponiendo pueden convertirse en pequeñas unidades de entrenamiento.
Por separado probablemente ninguna cambie nuestra vida. El efecto aparece cuando empezamos a acumularlas. La primera conversación puede resultar incómoda, la décima quizá un poco menos y, después de cien, nuestra percepción de lo que significa acercarnos a alguien o iniciar una interacción puede haber cambiado completamente.
El proceso podría resumirse de una manera bastante sencilla: incomodidad → repetición → familiaridad → nueva normalidad → una zona de confort más grande. Aquello que inicialmente requiere una enorme cantidad de energía mental empieza progresivamente a necesitar menos. Y cuando algo deja de ocupar tanto espacio mental, tenemos capacidad para enfrentarnos a un siguiente nivel de dificultad.
El deporte es un laboratorio perfecto para entrenarlo
Quizá por mi historia con el tenis, una de las áreas donde más claramente puedo observar este principio es en el deporte. Hay días en los que quieres entrenar y otros en los que cualquier alternativa parece bastante más atractiva. Hay momentos en los que tu cuerpo te pide parar aunque todavía sabes que podrías hacer algo más, y precisamente ahí aparece esa negociación interna entre la satisfacción inmediata y aquello que quieres conseguir a largo plazo.
Nuestro cerebro tiene buenas razones para querer ahorrar energía. No siempre quiere que hagamos la repetición adicional, salgamos a correr o empecemos un entrenamiento que sabemos que será duro. Sin embargo, nosotros también sabemos que muchas de esas acciones pueden ayudarnos a convertirnos en alguien más fuerte, resistente y capaz.
Eso no significa convertir cada entrenamiento en una batalla épica contra nosotros mismos. A veces la pequeña incomodidad consiste simplemente en presentarnos el día en el que no teníamos ganas, completar el entrenamiento que habíamos decidido hacer o terminar esa última serie. El resultado físico de una única repetición adicional probablemente sea insignificante, pero existe otro entrenamiento ocurriendo al mismo tiempo: estamos practicando la capacidad de sentir resistencia sin permitir que esa resistencia decida inmediatamente por nosotros.
Y esa capacidad no tiene por qué quedarse dentro de una pista de tenis o un gimnasio. Puede acompañarnos cuando tenemos que trabajar, construir algo, comunicar, vender o tomar una decisión difícil. Para mí, esa es una de las grandes conexiones entre la mentalidad de un atleta y la de cualquier persona que intenta construir algo por su cuenta.
La exposición a otras personas puede ser todavía más incómoda
Existe otro campo de entrenamiento que me parece especialmente poderoso: la exposición a la opinión de los demás. Hablar con alguien que no conocemos, ir solos a un evento, hacer una pregunta cuando normalmente permaneceríamos callados, hablar en público, grabar un video y publicarlo o presentar una idea sabiendo que existe la posibilidad de que sea rechazada nos coloca delante de una variable que no podemos controlar: la reacción de otra persona.
Nuestro cerebro puede convertir interacciones relativamente inocentes en situaciones enormes. Antes de haber dicho una sola palabra ya hemos construido una película completa: qué va a pensar la otra persona, qué pasará si nos ignora, qué ocurrirá si decimos alguna estupidez o cómo nos sentiremos si nuestra idea es rechazada. Muchas veces toda esa historia ocurre únicamente dentro de nuestra cabeza.
Sin embargo, hay algo que olvidamos constantemente: las demás personas están muchísimo más ocupadas pensando en su propia vida de lo que imaginamos. Puedes iniciar una conversación y que la persona responda o no responda. Puedes publicar algo y alguien puede juzgarlo. Quizá incluso digas algo que después pienses que podrías haber expresado mejor. Pero salvo situaciones extraordinarias, la otra persona continúa con su vida y tú continúas con la tuya.
Lo importante es que tú te llevas una repetición. Cada vez que te expones a ser visto, ignorado, rechazado o simplemente interpretado de una manera diferente a la que esperabas, aquello empieza a perder parte del poder que tenía sobre ti. No necesariamente porque deje de importarte por completo la opinión de los demás, sino porque comprendes que puedes experimentarla y continuar avanzando.
Las conversaciones son uno de mis entrenamientos actuales
Esta idea tiene para mí una aplicación especialmente relevante en este momento: iniciar más conversaciones. Muchas de las oportunidades que queremos en nuestra vida empiezan precisamente ahí. Una amistad, un cliente, una colaboración, una oportunidad profesional, una relación, una idea inesperada o simplemente conocer a alguien que amplíe nuestra perspectiva pueden encontrarse al otro lado de una conversación que todavía no hemos iniciado.
En un negocio online sucede exactamente lo mismo. Podemos publicar contenido, construir páginas, estudiar ventas o diseñar sistemas, pero eventualmente tendremos que interactuar con personas reales. Tendremos que hacer preguntas, escuchar, dar seguimiento, presentar ofertas, recibir algún no y volver a intentarlo. Podemos prepararnos todo lo posible, pero llega un momento en el que el aprendizaje requiere exposición.
Puedo leer diez libros sobre ventas y estudiar durante horas cómo iniciar una conversación. Todo eso puede ayudarme, pero existe una parte de esa habilidad que solamente puedo desarrollar haciendo las repeticiones reales. Y quizá ese sea uno de los errores que más fácilmente cometemos cuando queremos mejorar algo: confundir entender una habilidad con haberla entrenado.
Saber qué deberíamos hacer no elimina automáticamente la resistencia cuando llega el momento de hacerlo. Podemos conocer perfectamente la teoría sobre ventas y seguir sintiendo incomodidad antes de presentar una oferta. Podemos conocer todas las técnicas para hablar en público y seguir sintiendo nervios antes de subir al escenario. La distancia entre saber y poder hacer se reduce principalmente a través de la práctica y la exposición.
Lo que ayer parecía extraordinario puede convertirse en tu nueva normalidad
Cuando miro hacia atrás puedo identificar muchas cosas que siguieron exactamente ese proceso. Hubo un momento en el que grabarme delante de una cámara me parecía extraño y otro en el que hablar delante de un grupo generaba en mí una sensación muy diferente a la que puedo experimentar actualmente. Lo mismo ocurrió viajando solo, desenvolviéndome en países diferentes, conociendo personas nuevas o asumiendo determinadas responsabilidades.
No recuerdo un momento mágico en el que toda la incomodidad simplemente desapareciera. Hubo experiencias, errores, momentos incómodos y suficientes repeticiones para que progresivamente algunas situaciones dejaran de parecer extraordinarias. Aquello que inicialmente requería una gran cantidad de energía empezó a formar parte de lo que considero normal.
Pero eso tampoco significa que lleguemos a un punto donde todo sea cómodo. Cuando amplías tu capacidad aparecen nuevos niveles. Hablar delante de cinco personas puede dejar de preocuparte y entonces aparece el desafío de hacerlo delante de cincuenta. Publicar un video puede convertirse en algo normal y después aparece el reto de expresar una opinión más vulnerable o exponer tu trabajo ante una audiencia mayor. Iniciar una conversación puede dejar de ser difícil y entonces la incomodidad aparece cuando llega el momento de hacer una oferta.
La zona de confort continúa existiendo, pero sus fronteras se desplazan. Lo que antes estaba fuera ahora está dentro y, desde ese territorio nuevo, podemos enfrentarnos a desafíos que anteriormente ni siquiera habríamos considerado. Para mí, esa ampliación progresiva de nuestra capacidad es una manera mucho más interesante de entender el crecimiento.
No se trata de buscar sufrimiento por buscarlo
También creo que hay que hacer una distinción importante. No veo demasiado sentido en convertir la incomodidad en una competición para demostrar quién puede sufrir más. Podríamos hacer nuestra vida deliberadamente complicada de mil maneras diferentes y eso no significa necesariamente que estemos creciendo.
La incomodidad necesita dirección. Si quiero comunicar mejor, probablemente necesite exponerme a hablar más. Si quiero construir un negocio, tendré que aprender a publicar, iniciar conversaciones, escuchar, hacer seguimiento y presentar ofertas. Si quiero mejorar físicamente, habrá momentos en los que tendré que entrenar aunque exista una alternativa más cómoda. La dificultad tiene sentido cuando está conectada con una capacidad que queremos desarrollar o con una persona en la que queremos convertirnos.
Por eso, la pregunta no debería ser simplemente qué puedo hacer hoy que me resulte incómodo. Me parece mucho más interesante preguntarnos: ¿qué pequeña incomodidad puedo elegir hoy que me acerque a la persona en la que quiero convertirme? Entonces la incomodidad deja de ser el objetivo y se convierte en el precio que estamos dispuestos a pagar para ampliar una capacidad que valoramos.
Una repetición más para ampliar el territorio
Quizá por eso cada vez me gusta más hablar de ampliar la zona de confort que simplemente de salir de ella. Salir parece algo temporal: abandonas durante un momento aquello que conoces, haces algo extraordinario y después regresas. Ampliarla implica algo diferente, porque aquello que antes estaba fuera de tus límites empieza a formar parte del territorio desde el que puedes operar en el futuro.
Cada conversación que antes evitabas y ahora puedes iniciar, cada video que antes te daba miedo publicar y hoy publicas, cada situación social que antes sobreanalizabas y ahora puedes gestionar, cada entrenamiento que completaste cuando no te apetecía y cada experiencia que alguna vez parecía extraordinaria pero hoy forma parte de tu vida representan territorio ganado. No significa que nunca vuelvas a sentir incomodidad, sino que ahora eres capaz de moverte dentro de un espacio más grande.
Y no necesitamos esperar a mudarnos de país, emprender un viaje extraordinario o asumir el mayor desafío de nuestra vida para empezar. Probablemente hoy mismo aparezcan pequeñas oportunidades: una conversación que iniciar, una tarea que estamos evitando, un entrenamiento que completar, un mensaje que enviar, una pregunta que hacer, una idea que publicar o simplemente diez minutos dedicados a aquello que llevamos horas posponiendo.
Puede que nadie vea esa repetición y probablemente tampoco produzca inmediatamente el gran resultado que estamos buscando. Pero quizá ese no sea el único resultado que importa, porque mientras acumulamos esas pequeñas exposiciones también estamos modificando a la persona que las está haciendo. Lo que ayer parecía difícil empieza a resultar familiar, lo familiar termina convirtiéndose en normal y, desde esa nueva normalidad, podemos enfrentarnos a cosas que antes estaban fuera de nuestro alcance.
Quizá nunca se trató de escapar constantemente de nuestra zona de confort. Quizá se trataba de hacerla cada vez más grande.
